“La forma en que miras, hablas y tratas a los demás revela con claridad el diálogo que sostienes contigo mismo cuando nadie te escucha.” R.E. Mejías
La manera en que tratamos a los demás rara vez es casual. No surge de la nada ni responde únicamente a la personalidad o a las circunstancias del momento. En la mayoría de los casos, ese trato es un espejo del mundo interior de quien lo ofrece. Las palabras que se eligen, el tono que se utiliza, la paciencia o la dureza con la que se responde dicen mucho más sobre el estado emocional propio que sobre la conducta del otro.
Cuando sentimos en paz con nosotros mismos, suele proyectar respeto, empatía y apertura en las relaciones. No porque nuestra vida sea perfecta, sino porque hemos aprendido a aceptarnos, a manejar nuestras emociones y a relacionarnos con nuestras propias limitaciones. Por el contrario, cuando vivimos cargando frustraciones, inseguridades o heridas no atendidas, estas tensiones internas tienden a manifestarse en forma de irritabilidad, indiferencia, sarcasmo o actitudes defensivas hacia los demás.
Muchas veces se juzga el mal trato como una simple falta de educación o carácter, sin detenerse a pensar en su origen. Sin embargo, detrás de una reacción desproporcionada suele haber cansancio emocional, baja autoestima, miedo, enojo acumulado o una profunda desconexión con nosotros mismos. Esto no justifica el daño que se pueda causar, pero sí ayuda a comprender que el problema no siempre está afuera, sino dentro.
Las relaciones humanas, familiares, laborales, sociales o afectivas, se convierten así en escenarios donde se refleja nuestra relación interna. Quien se trata con dureza suele ser duro con los demás. Quien vive en constante autoexigencia tiende a exigir en exceso. Y quien no se permite equivocarse, difícilmente tolera los errores ajenos. El trato hacia los otros es, muchas veces, una extensión del trato que nos damos cuando fallamos, cuando sentimos miedo o cuando no cumplimos nuestras propias expectativas.
Tratar bien a los demás no es solo una norma social; es una manifestación de equilibrio emocional y de autoconocimiento. Implica reconocer las propias emociones, regular las reacciones y entender que cada uno de nosotros enfrentamos luchas que no siempre son visibles. Elegir responder con respeto, aun en momentos difíciles, es una señal de fortaleza interior, no de debilidad.
Por eso, mejorar nuestras relaciones no comienza cambiando a los demás, sino mirándonos con honestidad. Aprender a escucharnos, a sanar heridas internas y a cultivar una relación más compasiva con nosotros mismos transforma, de manera natural, la forma en que nos vinculamos con el mundo. Al final, el trato que ofrecemos es el reflejo más fiel de cómo nos sentimos por dentro.
Finalizamos como de costumbre con nuestra pregunta reflexiva ¿Qué revela la forma en que tratamos a los demás sobre la manera en que nos estamos tratando a nosotros mismos en este momento de la vida?