“Hacer el trabajo cumple con una obligación; hacer la diferencia cumple con un propósito.” R. E. Mejías
En muchos espacios de la vida personal, profesional y comunitaria se valora el cumplimiento de tareas como sinónimo de responsabilidad y compromiso. Llegar a tiempo, completar asignaciones, seguir instrucciones y alcanzar metas establecidas son acciones necesarias para el funcionamiento de cualquier organización o proyecto. Sin embargo, cumplir con el trabajo asignado no siempre implica generar un impacto real. Existe una diferencia profunda entre hacer lo que corresponde y dejar una huella significativa en las personas y en los contextos donde se sirve.
Hacer el trabajo suele estar relacionado con lo mínimo esperado. Es responder a un contrato, a una descripción de puesto o a una obligación adquirida. Quien hace el trabajo cumple con lo requerido, evita errores y mantiene el sistema en marcha. No obstante, cuando la motivación se limita únicamente al deber, el resultado suele ser correcto, pero frío. No hay intención de transformar, de mejorar o de aportar algo que trascienda la tarea en sí misma.
Hacer la diferencia, en cambio, implica una disposición interna distinta. Surge cuando la persona conecta lo que hace con un propósito mayor. No se trata de hacer más por reconocimiento, sino de hacer mejor por convicción. Quien hace la diferencia observa más allá de lo que se le pidió, identifica necesidades no expresadas y actúa con empatía y responsabilidad. En ese proceso, el trabajo deja de ser una rutina y se convierte en una oportunidad de impacto.
En el ámbito educativo, por ejemplo, no es lo mismo impartir una clase que educar con intención. El docente que solo cumple con el contenido transmite información; el que hace la diferencia inspira, acompaña y deja enseñanzas que permanecen más allá del salón de clases. En el contexto laboral ocurre algo similar. Dos empleados pueden cumplir con las mismas funciones, pero solo aquel que actúa con iniciativa, ética y compromiso genuino logra transformar el ambiente de trabajo y aportar valor real a la organización.
La diferencia también se manifiesta en los pequeños detalles. Escuchar con atención, ofrecer apoyo cuando no es obligatorio, actuar con coherencia incluso cuando nadie observa. Estas acciones no suelen aparecer en los informes ni en las evaluaciones formales, pero construyen confianza y fortalecen relaciones. Hacer la diferencia requiere valentía, porque implica asumir responsabilidad personal sobre el impacto que se genera en otros.
Este enfoque invita a la autoevaluación. No basta con preguntarse si se está cumpliendo con el trabajo, sino si lo que se hace contribuye al bienestar común, al crecimiento de otros y a la mejora del entorno. John C. Maxwell señala que “las personas pueden olvidar lo que hiciste, pero nunca olvidarán cómo las hiciste sentir” (Maxwell, 2018). Esta idea refuerza que el verdadero impacto no reside únicamente en las acciones, sino en la experiencia que se crea a través de ellas.
En última instancia, hacer la diferencia no depende del cargo, la posición o el reconocimiento externo. Depende de la actitud con la que se asume cada responsabilidad. Cuando el trabajo se realiza con propósito, conciencia y humanidad, deja de ser una obligación para convertirse en un legado.
Finalizamos como de costumbre con nuestra pregunta reflexiva ¿Estamos cumpliendo únicamente con lo que nos corresponde o estamos utilizando nuestro rol como una oportunidad únicamente para marcar una diferencia significativa en la vid de otros?
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